La globalización económica genera una competitividad cada vez mayor. Los conceptos de calidad y servicio al cliente son un binomio que se encuentra en la mayoría de los valores organizacionales y de la cultura de trabajo de empresas líderes, o bien en compañías en fase de modernización que aceptan el reto de sobrevivir bajo las pautas de competir sin tener que combatir.
Entre un combate y una competencia hay una gran diferencia y una gran distancia. A pesar de esto, muchas veces en el afán irracional de ganar, olvidamos la gran distancia proporcional entre los dos conceptos. Nadie pone en duda que la competencia estimula la creatividad, exige dar lo mejor de sí, eleva el nivel de las empresas, anima el nivel de la sociedad y nos mantiene activos y alertas. Sin embargo, es necesario descubrir la diferencia entre la sana competencia y el crudo combate donde no existe Dios ni ley.
En la vida de negocios todos van animados por un espíritu de superación, de ser mejores, pero la diferencia fundamental está en el medio que se usa para lograr los objetivos. Tanto en las empresas como en la vida personal, hay quienes se enfrentan a la competencia armados con la mentira, el robo de información, el engaño, la corrupción y vemos a hombres y mujeres convertidos en verdaderos gladiadores saliendo airosos de situaciones que en el fondo son verdaderamente vergonzosas. En este escenario, lo más importante no es ganar porque somos los mejores y nos hemos esforzado para lograr esto resultados, sino que se logre obtener el éxito de la forma más rápida aunque esto implique que corra sangre y que queden muchos heridos en el camino.
En el fondo, todos tenemos la necesidad de probarnos a sí mismos que podemos vencer a nuestra competencia, que somos mejores, que nos podemos superar, en fin, medir nuestras fuerzas con un rival de igual nivel. En las empresas, esa misma necesidad se ve aumentada enormemente por las exigencias del mercado que, sería iluso no reconocer, nos obliga a tomar medidas—en la mayoría de los casos poco populares y que ni siquiera estaban en los planes de la empresa—para no quedar “fuera de la carrera”. En este punto muchas empresas tienen que: crecer o desaparecer, diversificarse o estancarse, bajar costos a pesar de disminuir los ingresos planeados, reducir puestos de trabajo sin dejar de reconocer que su personal es uno de los mayores valores en la empresa y, muchas otras medidas dolorosas y de alto riesgo.
Es verdad que no es fácil poner límites en esta carrera. ¿Hasta dónde competimos? ¿Cuándo estamos dejando de ser honestos competidores y nos hemos convertido en temerarios combatientes? ¿Cuáles son los criterios de una sana competencia y cuándo estamos cruzando la barrera de lo permisible?
Nadie tiene la receta mágica. Solo se que es necesario estar alerta y despierto para no caer en la tentación y tener que utilizar las disculpas típicas como: todos los hacen, si no lo hago desaparezco, o utilizar las fallas de su competencia para demostrar que su producto es mejor. Muchos seguramente ya han pasado por la dolorosa experiencia de luchar contra una competencia desleal y es cuando vale la pena acordarnos de la regla de oro “No hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. Esta es la verdadera ley que garantiza la seguridad en lo que realizamos.
Pero, tal vez otra regla, tal vez no de oro, pero sí una guía que no tiene falla y que puede ser aplicable en tiempo de lucha y ante una competencia desleal: mantener “la calidad auténtica de nuestros productos y un servicio superior al cliente”, nos mantiene al margen de cualquier lucha aún en los tiempos más difíciles.
By: Aura
Posted: November 19, 2009 8:23 AM
Felicitaciones
By: Oscar
Posted: November 19, 2009 9:20 AM